El amor que a veces se disfraza de necesidad, y otras muchas de ignorancia por miedo, miedo a no volver a verte sonreír cuando pasen las olas de esta marea que nos está bañando justo ahora. Pero siempre, siempre envuelto en los abrigos de la ternura, ésa que te mece cuando sientes que se te caen los latidos del pecho.
Y ahora llegás, porque llegás en argentino, revestido con la piel del afecto erizada entre mis piernas y la boca entreabierta cuando fumas lo de siempre en los labios de un mañana. Y te bañás en los sueños que algún día construiste, esos en los que nunca aparecía yo con vos, porque los sueños son de uno. Y te fuiste.
Y así pasaste vos también al cajón de los calcetines, sí, allí es donde guardo todos los recuerdos de quienes se disfrazaron para conocerme, porque huiste de ser quien sos, conmigo, por miedo a que me enamorara de ti, sos un cobarde.
Y pareciera que el destino cambió las tornas y me hizo caer a mí también entre unas cuantas medias de esas del cajón. Porque desde hace ya unos cuantos años, huí de mi vida, y de mis sueños, y de mis risas, y me contagié de otros alientos. De besos de cuerpos que me llamaron marioneta, y se construyeron su central de sueños cerca de la mía, suplantándola en mi propio corazón, porque bajé las defensas, acorté las distancias y me cegué con los polvos mágicos de la borrachera.
Que las camas vacías siempre me obsesionaron
y traté de llenarte los mundos a base de mí.
Privándome de mis propios sueños para adornarte con amor, lo que el resto pasó de largo.
Eso que late y se esconde bajo piel.

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