No preguntes.
Hoy no...
solo ven y abrázame.
Ya me cansé de ser fuerte, apenas me dura unas semanas...
La energía se me agota, no sé cómo controlarlo
solo necesito llorar y que me sostengas.
Es complicado
me cuesta respirar y no identifico qué siento.
Estoy cansada de corazones arrogantes,
de miradas que reprochan, incluso cuando se trata de amor.
El amor perdona, no señala con el dedo
todo lo que alguna vez hicimos mal...
Y sé que tu amor puede salvarme,
pero también es complicado: ya no estás.
Llevo toda la tarde dando vueltas,
sin saber muy bien qué hacer, a dónde ir, dónde buscarte,
en qué bar o en qué cuerpo.
Mi camello me falló esta mañana y ni siquiera
pueden salvarme hoy las caladas de tus sobras.
Sí, he vuelto a evadirme entre el humo de los sueños.
Sólo a ratos, sólo cuando no estás.
Es decir, a veces, o siempre, según la perspectiva
de tus ojos o los míos.
No puede ser que me refugie en tu recuerdo para sacarme las espinas
de otros corazones.
Me siento bombardeada
Sin escudos ni corazas, ni siquiera me queda un impermeable
para esta lluvia que no para.
Antes fui a pensarte al parque y justo una nube decidió
descargarme encima todos los deseos esos
que solías pedir a las estrellas fugaces.
Alguien me dijo alguna vez que
los que no se cumplen se transforman en resignación,
se acumulan
y cuando la decepción es tan oscura que ni los rayos del sol
son capaces de atravesarla,
las lágrimas caen tan tan intensamente
que a veces parecen proyectiles de tu odio contra mí.
Y yo, que no te he hecho nada
que tan sólo estoy para recoger tu lluvia y mecerla en los labios
te espero, aquí derramando mis propias decepciones en una hoja de papel
que se desmorona por momentos
mientras tu rabia se va diluyendo y vuelve a brillar el sol cerca de ti.
Tu lluvia cesa y me encuentro así: empapada y con los sentimientos echos polvo
(la hoja se deshizo... es lo que tiene mezclarte con el temporal).